lunes, 23 de marzo de 2009
Olvidando el recuerdo
Dos instantáneas en blanco y negro sobre la mesa del salón. En una un hombre con traje de rayas y camisa blanca sostiene a un niño en brazos, en la otra un joven descansa en un puerto apoyado en un barco pesquero. Cojo la primera, la miro, la toco, la vuelvo a mirar. Cojo la segunda, repitiendo las mismas acciones que con la primera, pero deteniéndome un poco más en inspeccionar el lugar donde está sacada. Nada. Todo parece cuadrar y nada concuerda a la vez en mi cabeza. Nada. Puedo imaginarme una historia entorno al primer hombre, tiene un hijo, ha vivido mucho, carece de estudios y es hombre de labranza, su mujer murió joven al dar a luz al retoño. Puedo imaginarme tantas cosas y ninguna es tan nítida como debería serlo. La segunda instantánea me crea imágenes del mar, de la brisa, del olor a salitre, del ruido de un pueblo pesquero. Tampoco esto ayuda, son solo historias que varían depende el día en que las observe. Quisiera mirarlas y decantarme por una de ellas, quisiera poder verme reflejado en cualquiera de las dos, pero en vez de eso, cada vez me parece más lejana cualquier historia real. Hace tiempo que dejé de reconocerme en el reflejo del espejo y más aun que dejé de poder firmar en documentos oficiales. Ni siquiera tengo el lujo de tener un recuerdo borroso o una carta donde ponga como fue mi vida o quien me rodeaba entonces. A la gente como yo no se la tiene en cuenta porque ni yo lo hago, a la gente como yo no se la quiere porque no hay una persona que querer, a la gente como yo se le hace invisible, a la gente como yo se la estanca en el olvido.
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